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lunes, 28 de abril de 2008

"Carta sin destino" (Decisiones)

Peny:

Te escribo para contarte que acá todo es hermoso. Estuve tan concentrada en lo que me rodea que me olvidé de mí, de mis dolores, de todo. Te informo que no creo que vuelva hasta dentro de un buen tiempo porque desde acá me voy a ir a Grecia con Martín. Estamos relativamente cerca y queda de paso en la ruta de vuelta a Argentina; así que yo me voy con la lancha que mandan del trabajo y me ahorro el pasaje. Martín va a estar en Alemania por negocios, así que es una oportunidad justa para tomarnos unos días sólo para nosotros.

Quizás, hasta me pague la estadía mi jefa. Supongo que va a buscar cualquier excusa para no tener que verme y decirme que estoy despedida. No es que me lo haya sugerido en realidad, pero vi su expresión cuando notó que me temblaba la mano. Ya rompí media docena de tubos de ensayo, entre otras cosas. De hecho, por lo tacaña que es, seguro que le pesa más la plata que le cuesta reemplazar los elementos del laboratorio que el hecho de que mi enfermedad me incapacite.

Y con respecto a eso, tomé una decisión: no voy a tomar más pastillas ni voy a dejar que me sigan pinchando. Los síntomas no mejoran y yo ya estoy harta de luchar con una condición que es irreversible. Ya no se cómo disimular con Martín los moretones que tengo por la cantidad de veces que me sacaron sangre. Él debe sospechar que algo anda mal, porque últimamente lo estuve alejando, pero no quiero que se entere antes de que yo se lo diga. Por eso, te tengo que pedir un favor. Andá al departamento y llevate los exámenes antes de que alguien los descubra. Están en un sobre de papel madera, adentro del tercer cajón de mi mesita de luz (es la que tiene el velador violeta que me regalaste para mi cumpleaños). Él va a estar viajando a Europa mañana, así que no te lo vas a cruzar, no va a haber ningún problema. Por favor, guardalos en tu casa hasta que yo vuelva.

Creo que unas mini vacaciones nos van a venir bien. Voy a aprovechar y le voy a contar también lo de Javier. Aunque, técnicamente en ese momento no estábamos juntos y no hice algo malo, me siento terrible ocultándoselo. Hablando de eso, ¿te conté que me llamó hace unas semanas? Se enteró de lo de mamá y quería saber si estaba bien, si necesitaba algo. Ya que estaba, le dije que me parecía que lo mejor era que nos dejáramos de ver, por un tiempo al menos. Supongo que dormir una vez con tu ex es algo en lo que cae más de uno, pero hay que considerar que yo estaba triste por la separación con Martín y, además, acababan de diagnosticarme. Fue una excepción. Creo que Javier lo tiene claro, pero ahora que ya se arreglaron las cosas me parece que es mejor estar distanciados, para evitar conflictos.

Bueno, hermana, creo que ya no me queda más que despedirme. Mandale saludos de mi parte a los chicos y a Ramiro.

Gracias, desde ya, por todo.

Te quiero!!!

Sonia

PD: Cuando vayas a buscar el sobre, regá las plantas y alimentá a los peces, por favor. Yo lo llamé a Martín ayer, con lo último que me quedaba de crédito en el celular, para recordarle que limpie la pecera, pero no quiero que se mueran de hambre, ni que las plantas se sequen. Vos les tirás un poquito de agua y ya está, se recuperan. El agua es milagrosa, siempre lo digo.

martes, 22 de abril de 2008

"Los que se quedan" (La espera)

Hace siete días, nueve horas y diez, no, once minutos que ella se fue. “Te voy a extrañar” me dijo. Fue lo último que escuché de sus labios antes de que subiera al avión que la llevaría a aquella isla de la que había estado hablándome por meses. Según las reglas que se comprometió a acatar, no le estaba permitido llevarse aparatos electrónicos, por lo tanto, sabía que las llamadas no eran una opción. Aparentemente, todo lo que fuese “moderno” provocaría contaminación acústica o algo así. Y a ella parecía importarle más defender la calidad de vida de esos remotos animalitos que asegurarse de que yo no enloqueciera por no tener novedades suyas. Me dijo, unas tres o cuatro docenas de veces, que se aseguraría de que la persona que la dejara en el lugar me hiciera saber que había llegado sana y salva. Ya parecía inútil hacerle entender que escuchar su voz era muy distinto a escuchar la de algún tipo que me anunciara las novedades con la extensión de un telegrama y la calidez del cubito de hielo que se derrite en mi whisky. “Te preocupas demasiado”, repetía. Se había vuelto su frase favorita para lidiar con cualquiera de mis planteos. ¿Cómo quiere que no me preocupe?, si hace menos de un mes que falleció su madre y no pasaba una noche en la que no se deshiciera en llanto. A veces me parecía probable que se deshidratara por derramar tantas lágrimas.

No era la misma desde ese 23 de diciembre. Se encerraba en su estudio con sus plantitas y cositas raras en frascos con formol y se pasaba horas allí. Investigando, redactando una y otra vez las reacciones de ciertos vegetales a la luz solar, al agua, al polvo. Yo me acercaba a la puerta, que siempre permanecía cerrada, para escuchar el ruido que hacía al tipear en su computadora para asegurarme de que siguiera viva. Yo ya sabía que el hecho de que sea bióloga no era sinónimo de diversión, pero no contaba con que su trabajo le absorbiera tanto tiempo. Las charlas entre nosotros escaseaban cada día más, y paralelamente, aumentaban las llamadas desde su celular. A la hermana, principalmente. “Me necesita, Martín”. Lo entiendo, es difícil, pero la hermana tiene 29 años, está casada, tiene 3 hijos y no se veía con su madre desde la Navidad del 2004, cuando habían discutido por algún pase de factura de esos que se guardan por años y afloran por un detonante diminuto. Supongo que las Navidades en la casa de su familia se prestan para esos arranques de sinceridad, porque no era la primera vez que presenciaba algo así. Pero esa vez fue más fuerte de lo común, y estuvieron mucho tiempo enojadas. Tiempo después, tuvieron que internar a su madre en un geriátrico por un grave cuadro de demencia senil y Penélope, la hermana de mi novia, creyó inútil visitarla teniendo en cuenta que no la reconocería.

Por lo tanto, en realidad, creo que era más Sonia quien necesitaba a su hermana que viceversa. Pero decirme eso hubiera significado asumir que ya no se refugiaba en mí, y eso hubiera llevado a una conversación que le impediría pasar tiempo con sus amados bichitos, porque, esta vez, no me hubiera dejado conformar con su frase de cabecera. No sé, estaba triste, se le notaba y yo no podía hacer nada. Ella no dejaba que me acercara, pero, a la vez, tenía una increíble habilidad para disimular su angustia. Cada vez que la descubría sollozando y me acercaba a abrazarla y consolarla ella lo notaba, se enjuagaba las lágrimas, se dibujaba una sonrisa y me miraba con un gesto que me hacía sentir de más. Mi psicólogo me recomendó que le tuviera paciencia, que le diera espacio y tiempo para procesarlo, para que hiciera su duelo a su manera. Hacía que me sintiera impotente e inútil, mi misión era protegerla y estaba fracasando, pero lo que menos buscaba era presionarla. Sólo me interesaba que supiera que yo estaba ahí, disponible para cuando ella quisiera.

Por otro lado, lo único que ella parecía disfrutar era la idea de irse a investigar a esa islita. Prefería irse lejos que estar conmigo. Es su trabajo, sí, lo se. Pero ella parecía vivirlo como algo más, como la oportunidad de evadirse de los problemas, de alejarse de todo lo que le causaba dolor. En este momento, me alegro de que no esté acá, viendo cómo me pongo celoso de un pedazo de tierra con palmeras.

Ayer soñé con agua, mucha agua, y alguien que se ahogaba. Por un segundo se me cruzó la idea de que fuese la visión de mi propia muerte; después de todo, en algún momento había contemplado la posibilidad de suicidarme así. Pero Sonia me había devuelto las ganas de vivir. Ella es la persona con más ganas de vivir que conozco. Supongo que significará algo distinto, un trauma de la infancia quizás, siempre son traumas de la infancia. A mi analista le va a encantar, estoy seguro. Pero mientras tanto, voy a seguir preparando el cartel de bienvenida. Sonia vuelve mañana a la noche y quiero que esta vez sus lágrimas sean de felicidad.

jueves, 17 de abril de 2008

Viaje final

Llegué una mañana calurosa de enero a esa isla virgen de la que tanto me habían hablado. Como bióloga me resultaba fascinante la idea de recorrer un lugar que aún conservara intacta la vida animal y vegetal, un sitio tan lleno de naturaleza y tan ajeno a la potencial intervención humana que, casi indefectiblemente, deja fuertes huellas a su paso. La luz me cegaba, sin duda, el nombre de aquel paraíso terrenal estaba muy bien puesto: Isla del Sol. La luminosidad que irradiaba la estrella estaba presente dieciocho de las veinticuatro horas del día, la noche, efímera, era apenas suficiente para que un fresco aire renovara el ambiente.
Me habían contado acerca de la tranquilidad que reinaba con cada canto de los pájaros, con cada sonido de los grillos, pero no habían logrado transmitirme la paz que eso generaba, la ilusión que creaba cada rincón. Que iba a encontrar infinitas clases de plantas exóticas, flores con pétalos de hasta siete colores que intimidarían a cualquier arco iris, animales de genética indescifrable, todo eso ya me lo habían anticipado, pero habían pasado por alto el detalle de que ahí lo único extraño sería yo, yo era el espécimen más desagradable en ese sitio y, sin embargo, esa situación no parecía resultarle relevante ni siquiera a uno de los seres que me rodeaba, o al menos no lo suficiente como para evitar acercarse con una naturalidad que los humanos seríamos incapaces de imitar. Era increíble observar la armonía que emanaba de todos lados, la excesiva cantidad de frutos tropicales como kiwis, mangos, piñas y la fuente de agua inagotable se encargaban de soslayar conflictos innecesarios.
Tampoco me habían advertido que de esa isla, donde incluso las noches se iluminaban por el desinteresado aporte de las luciérnagas, era imposible querer irse. Habiendo hecho tantos descubrimientos, la ilusión de adentrarme más y más en ese maravilloso ecosistema me embargaba de felicidad.
Los días pasaban y yo no dejaba de sorprenderme, todo parecía funcionar a la perfección y me contagié tan rápido de esa salvaje libertad que ya no extrañaba siquiera mi casa, mucho menos mi laptop o mi celular que unos días atrás habían sabido ser mis mejores amigos. Evadía el momento de mirar el calendario porque me recordaría que mi plazo semanal se estaba acabando y esa idea me parecía, simplemente, insoportable.
El último día amaneció con más fuerza que los anteriores, se percibía más intenso el perfume de las flores y los pájaros cantaban más enérgicos que de costumbre, o quizás fuese sólo mi desesperado intento de encontrar una excusa para tener que quedarme otra semana, incluso un año o una vida entera. Pero sabía que no podía, era una de las reglas que había prometido acatar antes de emprender mi viaje. Sin embargo, tampoco podía volver. Mi profesión me había llevado por innumerables parajes y jamás había sentido lo que sentía en ese momento. Pensar en cualquier otra alternativa que no fuese quedarme me producía una honda angustia, hacía que se me entrecortara la respiración y que me sintiera muerta en vida. Se había producido una conexión tan grande con ese lugar que no podía entender cómo no me había convertido en una porción de tierra, en una palmera, o en un litro de agua de ese inmenso mar que asomaba por la desdibujada costa. Pero mi amor por el estado inmaculado del lugar era aún más grande, no me perdonaría alterarlo con mi estadía; el hecho de quebrantar las reglas de permanencia acarrearía desastrosas consecuencias para la efectividad en la protección de aquellas especies que, hasta el momento, habían logrado ser preservadas con un enorme esfuerzo.
La lancha que me llevaría de vuelta se acercaba. Tenía que tomar una decisión: soportar el hecho de abandonar esa profunda e irrepetible felicidad o encontrar la forma de no regresar ni quedarme. Me di cuenta que, aunque no me habían dicho muchas cosas, había aprendido más que cualquiera. Que el agua es sanadora no era una novedad, pero ahora yo estaba a punto de comprobarlo, frente a mí, el mar me recibía calmo pero decidido a compadecerse de mi dolor tan pronto como mi cuerpo se lo permitiera.